Una de las características principales de la racionalidad humana es la consciencia de la propia muerte, idea que suscita incertidumbre y temor. Así como buscar una explicación de la realidad, el ser humano siempre ha intentado influir en el mundo que lo rodea en su propio beneficio. De esta forma, surge la intención de combatir el envejecimiento y huir de la muerte. Dada la imposibilidad de luchar directamente contra el paso del tiempo, el ser humano ha hallado consuelo en diversas creencias de carácter mágico-religioso, ejemplo de las cuales es la alquimia, que entre otros objetivos como hallar la piedra filosofal que convertía los metales en oro pretendía encontrar el remedio contra el envejecimiento, hallándolo en el mito de la fuente de la eterna juventud. Otro de los caminos que siguió y sigue la humanidad para enmascarar el paso de los años en el cuerpo es la cosmética, desde el empleo de pigmentos naturales característico de cultura primitivas hasta las más modernas cremas que afectan a la estructura de las fibras del tejido epitelial, así como la cirugía estética. No obstante, el problema del envejecimiento no quedaba resuelto con ninguno de los dos métodos mencionados, por lo que, con el desarrollo de la ciencia, ésta pasó a ocupar el papel de la alquimia y la cosmética en lo que a buscar una forma de prolongar la vida se refiere.
Un descubrimiento que supuso el comienzo de la comprensión del envejecimiento fue el de una enzima, la telomerasa, por parte de Elizabeth Blackburn, de la University of California, San Francisco, que fue galardonada con el premio Nobel de Medicina en 2009. Este hallazgo abrió las puertas a numerosas investigaciones llevadas a cabo hoy en día con el fin de comprender y aplicar el efecto de dicha ribonucleoproteína durante el período de senescencia.
En el núcleo de las células eucariotas se encuentra la información genética responsable del control de las actividades necesarias para la vida. Dicha información se encuentra codificada en cadenas de ácido desoxirribonucleico (ADN), que durante determinadas fases del ciclo celular y para posibilitar la división equitativa del material genético adoptan la conformación de cromosomas. En sus extremos se encuentra una constricción que da lugar a una estructura llamada telómero (del griego “telos”, final, y “meros”, parte) cuya función es evitar que los cromosomas se fundan unos con otros y pierdan su forma, de igual modo que el capuchón de un cordón evita que se deshilache. Un proceso importante en el ciclo celular es la duplicación de ADN, necesaria para que, tras la mitosis o división del núcleo y consiguiente reparto del material genético, la dotación genética se mantenga estable cuantitativamente. En dicho proceso actúa una enzima llamada ADN polimerasa, la cual además provoca la pérdida de un pequeño fragmento del telómero, de tal forma que tras un número determinado de divisiones celulares los cromosomas pierden los telómeros y, como consecuencia, la célula muere. Esa pérdida sucesiva de fragmentos del telómero, que forma parte del desarrollo normal de las células, se traduce en el envejecimiento celular, tisular y, por consiguiente, del organismo hasta su muerte. No obstante, existe otra enzima denominada telomerasa que interviene en la creación de nuevos fragmentos de ADN que se incorporan al telómero y evitan su acortamiento. Sin embargo, a pesar de controlar el envejecimiento celular, la telomerasa actúa favoreciendo la división de células cancerígenas cuyo ADN presenta alguna mutación perjudicial originando un tumor.
Observando las cualidades de la enzima telomerasa, en 2010 el Instituto sobre el Cáncer Dana-Faber de Estados Unidos Ronald A. Depinho dirigió un experimento fundamentado en una modificación del gen de la telomerasa para comprobar el papel de la enzima en el envejecimiento. Esta prueba se llevó a cabo en ratones con el siguiente efecto: al desactivar el gen y reducir la cantidad de telomerasa, los ratones envejecían con mayor rapidez; al reactivarlo, se esperaba que el proceso se detuviera pero se descubrió experimentalmente que no sólo se detenía sino que se revertía. De hecho, se observó un rejuvenecimiento del cerebro, que recuperaba sus capacidades perdidas, e incluso una recuperación de la fertilidad de los individuos. No obstante, una mayor concentración de telomerasa favorece el desarrollo de células cancerígenas, y para disminuir dicho riesgo se han llevado a cabo estudios sobre un gen llamado P53.
El gen P53 está relacionado con el mecanismo natural de apoptosis o suicidio celular y su actividad insuficiente causada por ejemplo por la presencia en él de una mutación provoca, en las células en las que no se expresa, una proliferación descontrolada, puesto que no se cumple con la muerte programada. Sin embargo, la proteína para la que codifica el gen es capaz de identificar mutaciones en el ADN y activar, en consecuencia, el proceso de suicidio celular para evitar su reproducción, por lo que puede resultar de gran utilidad en el tratamiento contra el cáncer, aunque un exceso de proteína P53 da lugar a una mayor tasa de apoptosis y, por consiguiente, un envejecimiento prematuro que contrastaría con los efectos de la telomerasa.
Los tratamientos que aumentan los niveles de proteína P53 resultan, por lo tanto, arriesgados, aunque existe otros genes llamados SIRT1 que producen unas proteínas reguladoras denominadas sirtuinas, las cuales, por una parte, afectan a la actividad de la proteína P53 haciendo que tolere un mayor grado de mutaciones y, por otra, activan mecanismos de reparación de los errores en el genoma. Estos genes se estimulan mediante la restricción calórica y una biomolécula que se conoce como resveratrol y está presente en las nueces, la piel de las uvas y el vino tinto. Las sirtuinas no sólo prolongan la vida sino que mejoran el estado de salud, por ejemplo, fomentando la supervivencia celular e intensificando la reparación del ADN. Gracias a los estudios llevados a cabo por David Sinclair de la Facultad de Medicina de la Universidad de Harvard publicados en la revista Nature se conocen la estructura y efectos del resveratrol, que pertenece a la familia de los polifenoles (moléculas que presentan anillos aromáticos con grupos hidroxilo) y, como revelan los experimentos llevados a cabo, alargan la vida de levaduras y células humanas cultivadas en laboratorio.
Tal vez la fórmula buscada durante toda la historia de la humanidad para alcanzar la eterna juventud pase por una cuidadosa combinación de los agentes reguladores del envejecimiento como los ya mencionados (telomerasa, proteína P53 y sirtuinas), de tal manera que los perjuicios de cada uno sean anulados por los otros y sus beneficios se sumen en aras de conseguir un aumento de la longevidad así como una mejora del estado de salud. No obstante, todo avance científico de relevancia conlleva una controversia ético-moral, y este caso no sería menos. La comunidad científica debe, por tanto, plantearse si realmente es beneficioso un incremento en la esperanza de vida y, en caso afirmativo, qué factores deben cambiar para que sus efectos sean positivos. En otras palabras, de tener sentido, este avance sólo lo tendría si supusiera cuanto menos una calidad de vida que no fuera peor a la actual.
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