Pasando por la estación de autobuses de Moncloa y sintiendo un impulso de sed consumista, me decidí a comprarme una coca-cola. Cunado me encontraba frente a la máquina expendedora contemplé perpleja que junto a ella había otra distinta, pero no de bebidas o chocolatinas, sino de libros. Igual que alguien sediento, en este caso de lectura, podría haberme comprado el último best-seller de Ken Follet. Pero ¿es esto realmente literatura o es sólo otra excusa más para vender? ¿Podemos estar al día de todos los libros que están en boga con tantos superventas llenando nuestras estanterías?
Hoy en día es casi imposible no dejarse llevar por el bombardeo publicitario que sufrimos constantemente en la televisión, en el metro o paseando por la calle. Tanto es así, que hasta nos sucede con el arte.
La mayoría de la literatura que se escribe en la actualidad basa su éxito en una fuerte campaña publicitaria por parte de las editoriales para adquirir el último ejemplar más vendido y conseguir que nos sumerjamos en sus páginas de manera que antes de que terminemos la novela, ya nos estén incitando a comprar su continuación u otro ejemplar que nada tenga que ver con lo ya leído.
Esto puede tener sus ventajas e inconvenientes: Las novelas actuales no tienen una temática concreta sino una historia rápida llena de acción y cambios radicales de forma que, aunque no nos haga reflexionar ni recapacitar sobre los hechos del argumento, si nos provea el entretenimiento suficiente como para seguir leyendo. Sin embargo, todas estas novelas no tienen esta repercusión a largo plazo. Así ha ocurrido con El Código Da Vinci, que hace cinco años batía récords de ventas en las librerías y podíamos observar cómo en todas las paradas de autobús o en el tren, la población lectora devoraba sus páginas. Pasado el tiempo, la mayoría de la gente tiene un ejemplar en sus casas que sólo recuerdan cuando algún conocido menciona la película y ellos pueden responder: “La película estuvo bien, pero me gustó más el libro”.
Estamos colapsados de literatura. Apenas tenemos tiempo de comentar lo que nos pareció El Niño con el Pijama de Rayas porque la saga de Steig Larson ya debería estar en nuestras estanterías. Así se nos empiezan a acumular las novelas en la mesilla de noche. El mundo globalizado pretende que llevemos un ritmo de lecturas casi imposible de seguir, que nos impide disfrutar sosegadamente de un buen libro.
Todas estas obras mediáticas nacen con los días contados, en cambio las grandes genialidades siempre perdurarán aunque hayan sido escritas hace muchos años. Es el caso de los cuentos de Chéjov, de Un Mundo Feliz, de 1984 o de El Guardián entre el Centeno. Lo mismo ocurre con algunas obras de teatro, como Luces de Bohema, La Cantante Calva o Esperando a Godot. Ninguna de ellas pasará de moda, porque están escritas de forma que pase el tiempo que pase, el que las lea seguirá emocionándose, las disfrutará y recapacitará sobre ellas. Esto se debe a que no siguen el curso establecido por las modas, pues tienen un aire original (cada una en su época) e introspectivo que se sale fuera de lo mediático, además de la genialidad de su técnica y de que el tiempo parece no pasar por ellas.
Y así es cómo sólo unos pocos autores pueden presumir de dar vida a obras inmortales. Pero, aunque me duela admitirlo, esta noche no empeceré ninguna novela de Miguel Delibes, sino que seguramente terminaré La sombra del viento, de Carlos Ruiz Zafón.
Lucía Sánchez-Serrano
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